La actividad humana no sólo está haciendo que las ciudades sean inhabitables para las personas, sino que también está desmantelando activamente las colonias de hormigas, alterando sus estructuras sociales a través de la contaminación química. Una nueva investigación revela que las emisiones de ozono a nivel del suelo alteran la capa de hidrocarburos en los exoesqueletos de las hormigas, el mismo “olor” que utilizan para identificar a sus compañeros de nido. Una vez expuestas, las hormigas pueden ser atacadas por sus propias familias, o las larvas vitales son abandonadas porque los parientes ya no se reconocen entre sí.
La escala de esta alteración es inmensa. Con aproximadamente 20 mil billones de hormigas en la Tierra, la contaminación humana está causando efectivamente una ruptura familiar generalizada en toda la especie. Esta realidad a menudo se ve oscurecida por una práctica común, aunque defectuosa: el antropomorfismo, que proyecta emociones y estructuras humanas sobre la vida no humana.
La historia del estudio de las hormigas centrado en los humanos
Durante décadas, los científicos han debatido las ventajas de comparar el comportamiento de las hormigas con el de la sociedad humana. El difunto E.O. Wilson utilizó hormigas para respaldar su teoría de sociobiología, argumentando que las presiones evolutivas explican los comportamientos en ambas especies. Sin embargo, el trabajo de Wilson enfrentó críticas de Stephen Jay Gould, quien advirtió que tales comparaciones podrían justificar políticas sociales peligrosas arraigadas en el determinismo biológico. Este debate continúa hoy bajo la bandera de la psicología evolutiva.
Las hormigas como algoritmos, no como minihumanos
Más recientemente, una investigación realizada por la bióloga de Stanford Deborah Gordon ha cambiado el paradigma. Descubrió que las colonias de hormigas operan según principios algorítmicos, no con un liderazgo jerárquico. Las hormigas se comunican a través de rastros de feromonas, ajustando tareas en función de datos en tiempo real sobre la disponibilidad de recursos. Un trabajador que descubre una gran fuente de alimento desencadena una respuesta en cascada a medida que otras hormigas reevalúan sus prioridades y se unen al esfuerzo. Este sistema se asemeja a las redes informáticas distribuidas, lo que llevó a Gordon a denominarlo “anternet”.
Este enfoque algorítmico desafía la antigua visión centrada en el ser humano. En lugar de ver a las hormigas como sociedades en miniatura, los científicos ahora las reconocen como sistemas complejos y descentralizados con una lógica operativa única. Sin embargo, incluso esta nueva perspectiva puede caer en la trampa de utilizar hormigas para comprender nuestra tecnología (IA) en lugar de apreciar su propia inteligencia inherente.
El impacto real de la contaminación
La alteración del reconocimiento de las hormigas provocada por la contaminación pone de relieve lo que está en juego. El ozono oxida los hidrocarburos, haciendo que los miembros de la colonia sean irreconocibles entre sí. Esta interrupción de la comunicación puede provocar el colapso de la colonia. Si bien los humanos no dependen del olor para su cohesión social, las hormigas sí, y la destrucción de este sistema es devastadora para su supervivencia.
Debemos ir más allá del uso de las hormigas como analogías con nosotros mismos. La prioridad debe ser comprenderlas y protegerlas como organismos únicos por derecho propio. Ignorar esto tendrá consecuencias reales y duraderas para los ecosistemas y subraya nuestra capacidad destructiva de alterar incluso los sistemas naturales más resilientes.
En última instancia, reconocer la naturaleza distintiva de las sociedades de hormigas –no como reflejos del comportamiento humano o de las máquinas– es vital para asegurar su futuro y, tal vez, para reconsiderar nuestro propio lugar en el mundo natural más amplio.





















