Louis Pasteur recibe su mayor facturación por la pasteurización. Has visto la etiqueta en el cartón de leche. El proceso utiliza calor para matar los microbios, evitando que la cerveza y los lácteos se conviertan en una mezcla amarga y estropeada. Es un nombre familiar. Pero la huella de Pasteur se extiende mucho más allá de la cocina.
Antes de cambiar nuestra forma de comer, estaba salvando una industria. Su trabajo con gusanos de seda en la década de 1860 fue desesperado. El comercio de la seda en Francia estaba colapsando. Una misteriosa enfermedad estaba acabando con los gusanos. Pasteur no se limitó a adivinar. Él miró. Descubrió que la enfermedad vivía en los huevos. ¿Su solución? Seleccione huevos sanos. Deseche los infectados. Suena sencillo. Funcionó. Los criadores todavía utilizan esas prácticas exactas para mantener saludables las poblaciones de gusanos de seda.
Ese mismo ojo para los detalles alimentó su teoría de los gérmenes sobre las enfermedades. La idea entonces era radical. Los microbios causan enfermedades, no sólo el mal aire. Él lo demostró. No se limitó a la teoría. Construyó vacunas. Cólera de pollo. Ántrax. Rabia. Cada uno es una aplicación directa de su creencia de que se puede entrenar el cuerpo para luchar contra invasores específicos. El trabajo con gusanos de seda le enseñó a ver lo invisible. Las vacunas demostraron que es importante para las vidas humanas. Todavía confiamos en esa base. Cada vez que calentamos leche o nos inyectamos, nos apoyamos en su trabajo. Es extraño pensar que la enfermedad de una polilla llevó a salvar a los humanos. Pero así es como suele moverse la ciencia. No en línea recta. En bucles. De vuelta al laboratorio.
















