¿Un punto de inflexión para los psicodélicos? La orden ejecutiva de Trump desencadena una nueva era de investigación y controversia

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En una escena que parecía más una película surrealista que un día típico en la Casa Blanca, el presidente Donald Trump firmó una orden ejecutiva histórica destinada a acelerar la investigación sobre drogas psicodélicas. Acompañado por el presentador de podcasts Joe Rogan, el presidente bromeó sobre los beneficios potenciales de la ibogaína, una sustancia utilizada para tratar los recuerdos traumáticos y la abstinencia de opioides, lo que indica un cambio dramático en la postura del gobierno federal sobre los alucinógenos.

Esta medida marca un alejamiento significativo de la prohibición de décadas que comenzó con la Ley de Sustancias Controladas de 1970. Sin embargo, si bien la orden abre puertas a la ciencia médica, también genera intensos debates sobre la autoridad legal, los intereses corporativos y los derechos de las comunidades indígenas.

Acelerando el proceso médico

La orden ejecutiva proporciona un enorme impulso a la floreciente industria psicodélica. Se espera que la Administración de Alimentos y Medicamentos de los EE. UU. (FDA, por sus siglas en inglés) acelere las revisiones de varios candidatos a fármacos de alto perfil, entre ellos:

  • Psilocibina para el tratamiento de diversas formas de depresión.
  • MDMA para el tratamiento del trastorno de estrés postraumático (TEPT).

El anuncio inmediatamente hizo que las acciones de empresas centradas en psicodélicos se dispararan. Más allá de los ensayos clínicos, la orden utiliza la legislación Derecho a intentarlo, que permite a los pacientes con enfermedades terminales o a aquellos que han agotado todas las opciones médicas estándar acceder a medicamentos en investigación. Esto podría brindar alivio inmediato a los veteranos y pacientes que sufren lesiones cerebrales traumáticas o adicción.

Para respaldar este impulso, el Departamento de Salud y Servicios Humanos (HHS) ha anunciado una iniciativa de 139 millones de dólares para impulsar nuevas terapias de salud conductual, con 50 millones de dólares destinados a igualar los esfuerzos de investigación a nivel estatal.

Obstáculos legales y fricciones burocráticas

A pesar del entusiasmo de la Casa Blanca, el camino hacia una disponibilidad generalizada está lejos de ser sencillo. Se prevé un importante “choque” legal entre la Casa Blanca y la Administración para el Control de Drogas (DEA).

Actualmente, muchos psicodélicos están clasificados como sustancias de la Lista I, lo que significa que se considera que tienen un alto potencial de abuso y no se acepta su uso médico. Históricamente, la DEA ha sostenido que los compuestos de la Lista I no son elegibles para el acceso por “derecho a intentarlo”. Si bien el presidente Trump ha expresado su frustración por lo que él llama la “lentitud” del proceso de reprogramación por parte de la DEA, la agencia todavía tiene un importante poder de control.

Además, los expertos advierten que este cambio puede beneficiar a los gigantes farmacéuticos más que al público en general. Existen preocupaciones de que:
1. El acceso clínico puede estar restringido: La prescripción podría limitarse a médicos altamente autorizados, lo que podría dificultar el acceso al tratamiento.
2. La penalización permanece: La orden no pone fin a la criminalización de los psicodélicos a nivel estatal o federal para uso no médico.

La ética de la “biopiratería”

Quizás el desafío más complejo no sea el legal, sino el ético. A medida que Estados Unidos avanza hacia un mercado psicodélico comercializado, las cuestiones de soberanía y compensación están pasando a primer plano.

Muchas de estas sustancias, como la ibogaína y la psilocibina, han sido administradas por comunidades indígenas durante siglos. Los críticos, incluidos líderes de la Iglesia Nativa Americana, han descrito el impulso actual para la legalización clínica como “biopiratería vestida con lenguaje clínico”.

“Este orden corre el riesgo de repetir uno de los patrones más antiguos de la historia colonial: tomar la medicina y dejar atrás a las personas que la hicieron sagrada”. — Sandor Iron Rope, ex presidente de la Iglesia Nativa Americana de América del Norte.

La tensión es particularmente evidente con la ibogaína. Si bien los defensores estadounidenses expresan su gratitud al pueblo de Gabón, donde se origina la planta, los informes sugieren que no se han establecido acuerdos formales sobre regalías, participación en las ganancias o “consentimiento informado” con las comunidades tradicionales que descubrieron las propiedades de la planta.

Conclusión

La orden ejecutiva de la administración Trump representa un “momento umbral sustancial” que podría cambiar fundamentalmente la forma en que Estados Unidos aborda la salud mental y la adicción. Sin embargo, el éxito de este renacimiento psicodélico dependerá de si la industria puede navegar por la compleja intersección del avance médico, la reforma legal y la obligación ética de respetar las culturas indígenas que sirvieron de base para estos medicamentos.

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