Cómo un avance químico salvó la capa de ozono

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Comienza con un experimento mental. Un joven químico llamado F. Sherwood Rowland imagina un mundo donde el aire que respiramos no sea sólo inerte. Es reactivo. Peligroso, incluso.

Rowland nació en Delaware, Ohio, en 1927. No buscaba fama. Estaba mirando la química de la atmósfera. A principios de la década de 1970, enseñaba en la Universidad de California, Irvine. Su colega fue Mario Molina. Tenían curiosidad acerca de los clorofluorocarbonos o CFC. Estos estaban por todas partes. Frigoríficos. Aires acondicionados. Los propulsores en latas de spray.

Parecían estables. Inofensivo. Pero Rowland y Molina hicieron una pregunta simple y aterradora: ¿Qué sucede cuando se levantan?

La química de la destrucción

La respuesta estaba en la estratosfera. En lo alto, la radiación solar incide sobre las moléculas de CFC. Los vínculos se rompen. Se liberan átomos de cloro.

Aquí está el detalle crítico que lo cambió todo. Un átomo de cloro no destruye sólo una molécula de ozono. Actúa como una llave en una cerradura, repitiendo el ciclo. Desgarra el ozono, lo regenera y destruye otro. Y otro. Un solo átomo puede eliminar miles de moléculas de ozono antes de ser eliminado finalmente de la atmósfera.

El ozono nos protege. Bloquea la radiación ultravioleta. Sin él, las tasas de cáncer de piel se dispararían. Los ecosistemas colapsarían.

Rowland y Molina publicaron sus hallazgos en Nature en 1974. La comunidad científica se mostró escéptica. Los CFC existen desde hace décadas. Nadie había visto el daño todavía. Pero las matemáticas eran sólidas. El mecanismo estaba claro.

De la teoría a la prohibición global

El escepticismo es parte de la ciencia. Pero la evidencia se acumula. En 1976, la Academia Nacional de Ciencias revisó los datos. Estuvieron de acuerdo. La amenaza era real.

Tres años más tarde, Estados Unidos prohibió los CFC en aerosoles. Fue un pequeño paso. Uno necesario. Pero el problema era global. Los CFC no respetan fronteras.

A mediados de la década de 1980 se obtuvieron pruebas innegables. Los científicos descubrieron un enorme agujero en la capa de ozono sobre la Antártida. No se trataba sólo de adelgazamiento. Estaba desapareciendo. Se confirmó la hipótesis de Rowland-Molina.

Esta no fue sólo una victoria académica. Condujo al Protocolo de Montreal en 1987. Las naciones se unieron. Acordaron eliminar gradualmente la producción de sustancias que agotan la capa de ozono. Sigue siendo uno de los tratados ambientales internacionales más exitosos de la historia.

Rowland no se detuvo allí. Continuó trabajando en la química atmosférica. Fue elegido miembro de la Academia Nacional de Ciencias en 1978. Pasó su carrera en UC Irvine, dando forma a la próxima generación de científicos.

Mario Molina y Paul Crutzen compartieron con él el Premio Nobel de Química de 1995. Fueron reconocidos por su trabajo sobre el agotamiento de la capa de ozono. Rowland murió en 2012, en Corona del Mar, California.

Pero el aire es diferente ahora. El agujero se está curando lentamente. La capa de ozono se está recuperando. Es un proceso lento. Se necesitan décadas para que la atmósfera se restablezca. Pero la dirección es clara.

Cambiamos nuestra química para salvar nuestro escudo. No fue fácil. Requería pruebas. Él

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